04/05/2024

La metodología del pernsamiento de Baruch de Spinoza

 

Baruch de Spinoza, o Benito de Espinosa o Despinosa (1632-1677) nació en Ámsterdam en una familia judía de raíces españolas que había sido expulsada de Portugal y posteriormente de Francia. Aunque estudió para rabino, las lecturas de Descartes y la asistencia a tertulias heterodoxas hacen nacer en él unas inquietudes que acaban provocando su expulsión de la sinagoga. Es sobrecogedora la fórmula de su excomunión:

Excomulgamos, maldecimos y separamos a Baruch de Espinosa, con el consentimiento de Dios bendito y con el de toda esta comunidad; delante de estos libros de la Ley, que contienen trescientos trece preceptos; la excomunión que Josué lanzó sobre Jericó, la maldición que Elias profirió contra los niños y todas las maldiciones escritas en el libro de la Ley; que sea maldito de día, y maldito de noche; maldito cuando se acueste y cuando se levante; maldito cuando salga y cuando entre; que Dios no lo perdone; que su cólera y su furor se inflamen contra este hombre y traigan sobre él todas las maldiciones escritas en el libro de la Ley; que Dios borre su nombre del cielo y lo separe de todas las tribus de Israel (...)1.

Trabajó como pulidor de lentes lo que, probablemente, provocó su prematura muerte por una enfermedad pulmonar causada por inhalación de vapores del vidrio.

Spinoza se presenta como el filósofo racionalista en su versión más extrema. En su obra más conocida, la Ethica ordine geometrico demonstrata, expone su teoría siguiendo el método geométrico o más bien matemático. A tal efecto, enuncia las definiciones de los términos que va a usar, fija una serie de axiomas y desarrolla sus tesis mediante proposiciones numeradas que incluyen la correspondiente demostración y en ocasiones escolios, es decir, aclaraciones adicionales.

Spinoza se plantea cómo podemos conocer en su obra Tratado de la reforma del entendimiento. Se trata de un opúsculo de juventud, publicado de forma póstuma, que quedó inconcluso por razones desconocidas aunque se apunta que impidió su terminación que Spinoza se dedicase a otros asuntos más urgentes o que, por evolución de su pensamiento, abandonó la línea argumental que había iniciado. Pero se ha destacado que contiene una interesante teoría del conocimiento, expuesta a la manera del Discurso del método, de la que vamos a poner de relieve sus aspectos esenciales.

Spinoza da comienzo a su reflexión preguntándose por qué podría hacerle gozar eternamente de una alegría contínua y suprema2. Descarta que las riquezas, el honor y el placer puedan proporcionárselo, porque se trata de cosas que pueden perecer, porque

Por el contrario, el amor hacia una cosa eterna e infinita apacienta el alma con una alegría totalmente pura y libre de tristeza, lo cual es muy de desear y digno de ser buscado con todas nuestras fuerzas3.

Lo que le lleva a pensar que el verdadero bien del hombre consiste en alcanzar la perfección:

el hombre concibe una naturaleza humana mucho más firme que la suya y ve, además, que nada impide que él la adquiera, se siente incitado a buscar los medios que le conduzcan a esa perfección. Todo aquello que puede ser medio para llegar a ella, se llama verdadero bien; y el sumo bien es alcanzarla, de suerte que el hombre goce, con otros individuos, si es posible, de esa naturaleza.4

Por eso, Spinoza se propone como fin adquirir esa naturaleza más firme y procurar que también la adquieran muchos, y considera que forma parte de su felicidad contribuir a que muchos entiendan y deseen lo mismo que él. Para conseguirlo, es necesario entender la Naturaleza en todo lo que sea necesario para conseguir la buscada más firme naturaleza.

Para ello, es imprescindible conducir el entendimiento por el camino recto, y para ello

ante todo, hay que excogitar el modo de curar el entendimiento y, en cuanto sea sea posible al comienzo, purificarlo para que consiga entender las cosas sin error y lo mejor posible.

Como hay que vivir mientras nos dedicamos a la búsqueda del entendimiento correcto, Spinoza da por válidas tres normas de vida:

l.º) Hablar según la capacidad del vulgo y hacer todo aquello que no constituye impedimento alguno para alcanzar nuestra meta. No son pocas las ventajas que podemos sacar de ahí, si nos adaptamos, cuanto nos sea posible, a su capacidad. Añádase a ello que, de ese modo, se dispondrán benévolamente a escuchar la verdad.

2.º) Disfrutar de los placeres en la justa medida en que sea suficiente para proteger la salud.

3.º) Finalmente, buscar el dinero o cualquier otra cosa tan sólo en cuanto es suficiente para conservar la vida y la salud y para imitar las costumbres ciudadanas que no se oponen a nuestro objetivo.5

Spinoza afirma que hay cuatro modos principales de percibir6, que podemos interpretar como de de conocer:

I. Hay la percepción que tenemos de oídas o mediante algún signo de los llamados arbitrarios

Por ejemplo, nos dice Spinoza, solo de oídas,sabemos la fecha de nuestro nacimiento, quiénes han sido nuestros padres y cosas por el estilo, de las que nunca hemos dudado.

Il. Hay la percepción que tenemos por experiencia vaga, es decir, por una experiencia que no es determinada por el entendimiento, sino que se llama así porque surge casualmente; y, como no tenemos ningún otro experimento que la contradiga, se nos ofrece como algo inconmovible

Por experiencia vaga, sabemos que hemos de morir, puesto que hemos visto que otros como nosotros han muerto, aunque no todos han vivido el mismo período de tiempo ni han muerto por la misma causa. Sabemos también por experiencia vaga, nos dice Spinoza, que el aceite es apropiado para producir llamas y el agua para extinguirlas, y que el perro es un animal que ladra y que el hombre es un animal racional; esta ha sido la manera de aprender casi todas las cosas que son útiles para la vida.

III. Hay la percepción, en que la esencia de una cosa es deducida de otra cosa, pero no adecuadamente; lo cual sucede cuando por un efecto colegimos la causa o cuando concluímos (algo) de un universal, al que siempre le acompaña determinada propiedad

Por ejemplo, sabiendo que la vista tiene la propiedad de que una y la misma cosa nos parece menor, vista a gran distancia que si la contemplamos de cerca, concluimos de ahí que el sol es mayor de lo que parece.

IV. Hay, finalmente, la percepción en que una cosa es percibida por su sola esencia o por el conocimiento de su causa próxima.

Por este tipo de conocimiento sabemos que dos y tres son cinco y que, si se dan dos líneas paralelas a una tercera, también son paralelas entre sí, etc. No obstante, son pocas en extremo las cosas que he podido entender de esta forma.

Para elegir el mejor de los modos de percepción descritos disponemos de los siguientes medios:

1.º) Conocer exactamente nuestra naturaleza, que deseamos perfeccionar, y conocer también, cuanto sea necesario, la naturaleza de las cosas.

2 .º) Inferir correctamente, a partir de dicho conocimiento, las diferencias, concordancias v oposiciones entre las cosas.

3 .º) Entender exactamente qué pueden soportar y qué no.

4 .º) Comparar esto con la naturaleza y con el poder del hombre, ya que así se verá fácilmente cuál es la suma perfección a que el hombre puede llegar.7

Spinoza conviene que el cuarto modo de percepción es el que más debe ser empleado porque comprende la esencia adecuada de la cosa y sin peligro alguno de error8, y se propone mostrar el camino y el método por el que Iogremos conocer mediante esa forma de conocimiento9.

el primer camino que debe seguir la mente para comenzar correctamente consiste en efectuar la investigación conforme a leyes fijas y siguiendo la norma de cualquier idea verdadera dada. El método es

entender qué sea la idea verdadera: distinguiéndola de las demás percepciones e investigando su naturaleza para que conozcamos, a partir de ahí, nuestro poder de entender y dominemos nuestra mente, de forma que entienda todas las cosas, que hay que entender, conforme a dicha norma; ofreciendo como ayuda ciertas reglas y logrando, además, que la mente no se fatigue con cosas inútiles.10

Spinoza considera que el método no es más que el conocimiento reflexivo o la idea de la idea.

Y como no hay idea de idea, si no se da primero la idea, no se dará tampoco método sin que se dé primero la idea. Por consiguiente, buen método será aquel que muestra cómo hay que dirigir la mente conforme a la norma de la idea verdadera dada.11

Para que esto se lleve a cabo correctamente, el métódo debe ofrecer lo siguiente12:

1. distinguir la idea verdadera de todas las demás percepciones y mantener apartada de ellas a la mente;

Se trata de distinguir y separar la idea verdadera de las demás percepciones e impedir que la mente confunda las ideas falsas, ficticias y dudosas con las verdaderas. Aquellas tienen su origen en la imaginación, es decir, en ciertas sensaciones fortuitas y (por así decirlo) aisladas, que no surgen del mismo poder de la mente, sino de causas externas, según los diversos movimientos que, en sueños o despiertos, recibe el cuerpo.13

2. proporcionar las reglas para que las cosas desconocidas sean percibidas según dicha norma, y

3. fijar un orden para no fatigarnos con cosas inútiles

El objetivo del método consiste en poseer ideas claras y distintas, es decir,

tales que están formadas por la pura mente y no a partir de movimientos fortuitos del cuerpo.14

La vía correcta de la investigación consiste en formar los pensamientos a partir de una definición

dada; y resultará tanto más fácil y eficaz, cuanto mejor hayamos definido una cosa.

Para que la definición sea perfecta, deberá explicar la esencia íntima de la cosa y evitar que la sustituyamos indebidamente por ciertas propiedades.15

Spinoza establece una serie de reglas que se han de observar en la definición. Si se trata de cosas creadas

l. La definición deberá, como hemos dicho comprender su causa próxima. El círculo, por ejemplo, conforme a esta regla, deberìa ser definido diciendo que es la figura que es descrita por una línea cualquiera, uno de cuyos extremos es fijo y el otro móvil, pues esta definición incluye claramente la causa próxima.

II. El concepto o definición de la cosa debe ser tal que, considerada en sí sola y no unida a otras, se puedan concluir de ella todas sus propiedades, como se puede ver en esta definición del círculo. De ella, en efecto, se concluye claramente que todas las líneas, trazadas desde el centro a la circunferencia, son iguales.16

Para las cosas increadas establece otras reglas:

l. Que excluya toda causa, es decir, que el objeto no necesite de ningún otro ser, aparte del suyo, para su explicación.

II. Que, una vez dada la definición de esa cosa, no quepa siquiera preguntarse si existe.

III. Que, respecto a la mente, no posea sustantivos que puedan ser adjetivados, es decir, que no sea explicada por nada abstracto.

IV. Y por último (aunque no es muy necesario indicarlo), se requiere que de su definición se concluyan todas sus propiedades.17

La última reflexión de Spinoza, pues un poco más adelante la obra finaliza abruptamente, es sobre las propiedades del entendimiento:

I. Que implica la certeza, esto es, que sabe que las cosas son formalmente, tal como están objetivamente contenidas en él

II. Que percibe algunas cosas o forma ciertas ideas absolutamente, y algunas a partir de otras. Así, la idea de cantidad la forma absolutamente, sin atender a otros pensamientos; en cambio, las ideas del movimiento, no las forma sino atendiendo a la idea de cantidad.

III . Las ideas que forma absolutamente, expresan la infinitud· en cambio las determinadas, las forma a partir de ot;as. Y así, la idea de cantidad, si la percibe por su causa, determina la cantidad, como cuando percibe que del movimiento de un plano surge un cuerpo, del movimiento de la línea surge el plano y, en fin, del movimiento del punto surge la línea; sin duda que estas percepciones no sirven para entender la cantidad, sino tan sólo para determinarla. Lo cual resulta claro del hecho de que concebimos que esas ideas surgen del movimiento siendo así que el movimiento no es percibido sin que sea percibida la cantidad, y de que incluso el movimiento realizado para trazar la línea podemos prolongarlo al infinito, lo cual no podríamos hacer en absoluto, si no tuviéramos la idea de una cantidad infinita.

IV. Que forma las ideas positivas antes que las negativas

V. Que percibe las cosas, no tanto bajo la (idea de) duración, cuanto bajo cíerta especie de eternidad y en número infinito. Mejor dicho, para percibir las cosas, no atiende ni al número ni a la duración. En cambio cuando imagina las cosas, las percibe en un número fijo y con determinada duración y cantidad.

VI. Que las ideas que formamos clara y distintamente, de tal modo parecen derivarse de la sola necesidad de nuestra naturaleza, que parecen depender exclusivamente de nuestro poder; y al revés las confusas, ya que muchas veces se forman contra nuestra voluntad.

VII. Que las ideas, que forma el entendimiento a partir de otras, las puede determinar la mente de muchas formas. Y así, para determinar el plano de la elipse, finge que un lápiz, sujeto a una cuerda, gira en torno a dos centros o concibe infinitos puntos que mantienen siempre una misma relación fija respecto a una línea recta dada o concibe un cono cortado por un plano oblicuo, de tal modo que el ángulo de inclinación sea mayor que el ángulo del vértice del cono, o de infinitas otras formas.

VIII. Que las ideas son tanto más perfectas, cuanta más perfección expresan de un objeto. Puesto que no admiramos tanto al arquitecto que ideó un templo cualquiera como a aquel que ideó un templo magnífico.

Aunque inconcluso, el Tratado que comentamos es una teoría del método de pensar, en el que Spinoza contesta a Descartes y se gana la admiración de Hegel al hacerle decir que

si se comienza a filosofar, hay que ser primero spinozista.

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1 Baruch de Espinosa: Ética demostrada según el orden geométrico, introducción, pág. 17. Ediciones Orbis, SA. 1980.

2 Baruch de Spinoza: Tratado de la reforma del entendimiento, pág. 75. Alianza Editorial, SA. Madrid 1988.

3 id., pág. 78.

4 id., pág. 79.

5 id., pág. 80.

6 id., págs. 81-82.

7 id., pág. 84.

8 id., pág. 85.

9 id., pág. 86.

10 id., pág. 89.

11 id.

12 id., págs. 93-94.

13 id., pág. 111.

14 id., pág. 114.

15

id., pág. 115.

16 id., pág. 116.

17 id., pág. 117.


06/04/2024

La epistemología de Thomas Hobbes

Thomas Hobbes (1588-1679) debe su lugar en la historia de la filosofía a su visión pesimista de la especie humana expuesta en su obra Leviatán, o la materia, forma y poder de una repúbica, eclesiástica o civil1, en la que niega el altruísmo natural del hombre proclamando que el hombre es un lobo para el hombre2 porque por naturaleza está inclinado a un irracional afán de dominio y la razón es impotente para guiarlo. Para la tranquilidad de todos, Hobbes propone la creación de un Estado al que los ciudadanos cedan sus derechos y libertades a cambio de protección. El miedo está presente en toda la antropología de Hobbes, que nació bajo la amenaza de invasión de Inglaterra por la Armada Invencible en parto prematuro ocasionado por el inminente desembarco, que hizo decir más adelante a Hobbes lo siguiente:

Mi madre dio a luz gemelos: yo mismo y el miedo.

Hobbes tuvo una gran formación en latín y griego, aunque no se interesó por la filosofía hasta su madurez. Gozó de larga vida para su época, puesto que murió a los 91 años habiendo tenido contactos con Descartes y Galileo.

La epistemología de Hobbes se expone en varias de sus obras, entre ellas en la primera parte de Leviatán, donde explica cómo se llega a la ciencia a partir de la senseaciones.

Para Hobbes, el pensamiento humano es la representación de algo exterior, a lo que llama objeto. El origen de todo es la sensación:

El origen de todo ello es lo que llamamos sensación (en efecto: no existe ninguna concepción en el intelecto humano que antes no haya sido recibida, totalmente o en parte, por los órganos de los sentidos). Todo lo demás deriva de este elemento primordial.3

En consecuencia, la causa de la sensación es el objeto que actúa sobre el órgano correspondiente: el gusto; el tacto; la vista, el oído y el olfato:

Esta apariencia o fantasía es lo que los hombres llaman sensación, y consiste para el ojo en una luz. o color figurada; para el oído en un sonido; para la pituitaria en un olor; para la lengua o el paladar en un sabor; para el resto del cuerpo en calor, frío, durez.a, suavidad y otras diversas cualidades que por medio de la sensación discernimos.4

Pero las sensaciones son diferentes de los objetos que las causan, son

distintos movimientos en la materia, mediante los cuales actúa ésta diversamente sobre nuestros órganos. En nosotros, cuando somos influídos por ese efecto, no hay tampoco otra cosa sino movimientos (porque el movimiento no produce otra cosa que movimiento).5

La sensación genera en nosotros lo que Hobbes denomina imagen o fantasía. El movimiento que generó la imagen no desaparece cuando se retira el objeto, sino que persiste dando lugar a la imaginación.

del mismo modo que vemos en el agua cómo, cuando el viento cesa, las olas continúan batiendo durante un espacio de tiempo, así ocurre también con el movimiento que tiene lugar en las partes internas del hombre, cuando ve, sueña, etc. En efecto: aun después que el objeto ha sido apartado de nosotros, si cerramos los ojos seguiremos reteniendo una imagen de la cosa vista, aunque menos precisa que cuando la veíamos.6

La imaginación es una sensación debilitada porque el objeto que la ha provocado ha sido retirado. Por eso, cuanto más tiempo transcurre desde la sensación más débil es la imaginación. Hobbes la llama sensación decadente.

Cuando queremos expresar ese decaimiento y significar que la sensación se atenúa, envejece y pasa, la llamamos memoria.7

La memoria de muchas cosas la llamamos experiencia. La memoria es simple imaginación, querepresenta el objeto tal y como lo percibieron los sentidos. La experiencia es compuesta cuando a partir de la sensación componemos otra imagen. Por ejemplo, cuando a partir de dos sensaciones, caballo y hombre, componemos la figura de un centauro.

Las imaginaciones de los que duermen constituyen los ensueños, que han sdo percibidos también por los sentidos.

La imaginación que se produce en el hombre o en los animales por medio de palabras u otros signos voluntarios se denomina entendimiento. En los animales, por hábito, llegan a entender la llamada o la reprimenda del amo. En cambio,

El entendimiento que es peculiar al hombre, es solamente comprensión de su voluntad, sino de sus concepciones y pensamientos, por la sucesión y agrupación de los nombres de las cosas en afirmaciones, negaciones y otras formas de expresión.8

Hobbes denomina discurso mental a la sucesión de un pensamiento a otro. Distingue dos clases, en función de si están gobernados o no por algún deseo o designio. Esta segunda clase son los pensamientos regulados, que a su vez adoptan dos direcciones:

Una cuando tratamos de inquirir las causas o medios que producen un efecto imaginado: este género es común a los hombres a los animales. Otra cuando, imaginando una cosa cualquiera tratamos de determinar los efectos posibles que se pueden producir con ella; es decir, imaginar lo que podemos hacer con una cosa cuando la tenemos.9

Esta segunda clase es solo propia del hombre. Hobbes lo resume así:

En suma, el discurso mental, cuando está· gobernado por designios, no es sino búsqueda o facultad de invención, lo que los latinos llamaban sagacitas y solertia; una averiguación de las causas de algún efecto presente o pasado, o de los efectos de alguna causa pasada o presente.10

Para Hobbes, la mayor invención ha sido el lenguaje,

que se basa en nombres o apelaciones, y en las conexiones de ellos. Por medio de esos elementos los hombres registran sus pensamientos, los recuerdan cuando han pasado, y los enuncian uno a otro para mutua utilidad y conversación. Sin él no hubiera existido entre los hombres ni gobierno ni sociedad, ni contrato ni paz, ni más que lo existente entre leones, osos y lobos.11

El lenguaje sirve para convertir nuestros discursos mentales en verbales, o la serie de nuestros pensamientos en una serie de palabras, con la finalidad de registrar las consecuencias de nuestros pensamientos, para recordarlos mediante marcas notas, y para que varias peronas utilicen las mismas palabras para comunicarse, mediante signos.

El lenguaje opera a través de nombres y la conexión entre ellos. Donde más evidente resulta el uso de palabras para registrar los pensamientos es en la numeración.

La verdad consiste en la correcta ordenación de los nombres en nuestras afirmaciones. Por ello, la definición ha de estar siempre en el comienzo de toda investigación.

Esto pone de relieve cuán necesario es para todos los hombres que aspiran al verdadero conocimiento examinar las definiciones de autores precedentes, bien para corregirlas cuando se han establecido de modo negligente, o bien para hacerlas por su cuenta. Porque los errores de las definiciones se multiplican por sí mismos a medida que la investigación avanza, y conducen a los hombres a absurdos que en definitiva se advierten sin poder evitarlos, so pena de iniciar de nuevo la investigación desde el principio; en ello consiste el fundamento de sus errores.12

En este punto, Hobbes identifica los nombres positivos, que señalan algo que está en la naturaleza o que puede ser imaginada por la mente del hombre, y que clasifica en cuatro grupos generales:

En primer término, una cosa puede considerarse como materia o cuerpo; como viva, sencilla, racional, caliente, fria, movida, quieta; bajo todos éstos nombres se comprende la palabra materia o cuerpo; todos ellos son nombres de materia. En segundo lugar puede entrar en cuenta o ser considerado algún. accidente o cualidad que concebimos estar en las cosas como, por ejemplo, ser movido, ser tan largo, estar caliente, etc.; entonces, del nombre de la cosa misma, por un pequeño cambio de significación, hacemos un nombre para el accidente que consideramos; y para viviente tomamos en consideración vida; para movido, movimiento; para caliente, calor; para largo, longitud; y así sucesivamente. Todas esas denominaciones son los nombres de accidentes y propiedades mediante los cuales una materia y cuerpo se distingue de otra. (...) En tercer lugar consideramos las propiedades de nuestro propio cuerpo mediante las cuales hacemos distinciones: cuando una cosa es vista por nosotros consideramos no la cosa misma, sino la vista, el color, la idea de ella en la imaginación: cuando una cosa es oída no captamos la cosa misma, sino la audición o sonido solamente, que es fantasía o concepción de ella, adquirida por el oído: y estos son nombres de imágenes. En cuarto lugar tomamos en cuenta, consideramos y damos nombres a los nombres mismos y a las expresiones: en efecto, general, universal, especial, equívoco, .son nombres de nombres. Y afirmación, interrogación, narración, silogismo, oración y otros análogos son nombres de expresiones.13

Por otro lado, los nombres negativos

son notas para significar que una palabra no es el nombre de la cosa en cuestión; tal ocurre con las palabras nada, nadie, infinito, indecible, tres no son cuatro, etc., y otras semejantes.

Por último, todos los demás nombres son sonidos sin sentido. Adoptan dos clases:

Una cuando son nuevos y su significado no está aún explicado por definición; gran abundancia de ellos ha sido puesta en circulación por los escolásticos y los filósofos enrevesados. Otra, cuando se hace un nombre de dos nombres, cuyos significados son contradictorios e inconsistentes, como, por ejemplo, ocurre con la denominación de cuerpo incorporal o (lo que equivale a ello) sustancia incorpórea, y otros muchos.14

Entender es cuando una persona oye una frase y tiene los pensamientos que dicha frase y su conexión pretenden significar.

comprensión no es otra cosa sino concepción derivada del discurso.15

Pero hay que considerar que los nombres no significan lo mismo para todas las personas, ya que lo que para uno significa crueldad, dice Hobbes, para otro es justicia, y lo que para uno es prodigalidad para otro es magnanimidad.

Aunque la naturaleza de lo que concebimos sea la misma, la diversidad de nuestra recepción de ella, motivada por las diferentes constituciones del cuerpo, y los prejuicios de opinión prestan a cada cosa el matiz de nuestras diferentes pasiones. Por consiguiente, al razonar un hombre debe ponderar las palabras; las cuales, al lado de la significación que imaginamos por su naturaleza, tienen también un significado propio de la naturaleza, disposición e interés del que habla (...)16

Hobbes considera que la razón es un cómputo, es decir, suma y sustracción, de las consecuencias de los nombres generales convenidos para la caracterización y significación de nuestros pensamientos. Y afirma también que la razón no es innata en nosotros, como sí lo son el sentido y la memoria, ni se adquiere solamente por la experiencia, como pasa con la prudencia, sino que se alcanza por el esfuerzo.

en primer término, por la adecuada imposición de nombres, y, en segundo lugar, aplicando un método correcto y razonable, al progresar desde los elementos, que son los nombres, a las aserciones hechas mediante la conexión de uno de ellos con otro; y luego hasta los silogismos, que son las conexiones de una aserción a otra, hasta que llegamos a un conocimiento de todas las consecuencias de los nombres relativos al tema considerado (...)17

Y con esto, Hobbes llega a la ciencia, que es el conocimiento de las consecuencias y de las dependencias de un hecho respecto de otro.

Del mismo modo que mucha experiencia es prudencia, así mucha ciencia es sapiencia.18

Con el lenguaje el hombre puede hacer ciencia definiendo sus conceptos, introduciéndolos en proposiciones y elaborando silogismos que, si son correctos, llevan a conclusiones universales.


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1 Utilizamos en este post la edición de Leviatán, Fondo de Cultura Económica, México, quinta reimpresión (2005) de la segunda edición en español (1980).

2 Homo homini lupus, que es una expresión probablemente tomada de La comedia de los asnos, también denominada Asinaria, de Plauto, en la que se dice que lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconce quién es el otro (lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit). Boblioteca clásica Gredos 170.

3 Leviatán, op. Cit., pág. 6.

4 id., pág. 7

5 id.

6 id., pág. 9.

7 id., pág. 11.

8 id., pág. 15.

9 id., págs. 17-18.

10 id., pág. 18.

11 id., pág. 22.

12 id., pàg. 27.

13 id., págs. 28-29.

14 id., pág. 29.

15 id., pág. 30.

16 id., págs. 30-31.

17 id., págs. 36-37.

18 id., pág.38.


09/03/2024

La duda metódica de Descartes

Se ha dicho de René Descartes (1596-1650) que es el iniciador de la filosofía moderna. Dotado de una exhaustiva formación en filosofía antigua y escolástica por haber sido alumno de los jesuitas en La Flèche, no fue teólogo como gran parte de los autores que le precedieron, y aunque utilizaba también el latín escribió parte de su obra en francés, que en aquel momento eran signos de modernidad. Era poco amigo de las relaciones sociales pero sí gran viajero, y gustaba de levantarse de la cama al mediodía, incluso cuando estuvo en la milicia. Esta costumbre se convirtió en un problema cuando para dar clases de filosofía a la reina Cristina de Suecia, tuvo que desplazarse hasta su reino en el principio de uno de los peores inviernos en sesenta años, y se vio obligado a levantarse a las cuatro de la mañana y desplazarse por las calles heladas hasta la residencia de la reina, lo que rápidamente le provocó una neumonía y murió.

La gran aportación de Descartes, y lo que le convierte en un punto de inflexión en la historia de la filosofía y da paso a la filosofía moderna es que, insatisfecho por las respuestas de Aristóteles y de los escolásticos que tan intensamente había estudiado en su formación inicial, plantea que no hay que analizar la verdad ya conocida, como propone la Escolástica, sino que hay que buscar la verdad. ¿Cómo se alcanza la verdad? Mediante la duda metódica de la existencia del mundo se llega a la certeza de la existencia propia, y después de las cosas extensas, e incluso de la existencia de Dios.

La obra más conocida de Descartes es el Discurso del método para bien conducir la razón y buscar la verdad en las ciencias1, en abreviado Discurso de método, en la que expone de forma sencilla su tesis, que más adelante repetiría de una forma más profunda en la que se considera su obra cumbre, Meditaciones metafísicas2, escrita en latín y en cuyo Prefacio al lector nos dice, o más bien le dice al lector de la época, que ha tratado esos temas en el Discurso del método en francés

no para un estudio exhaustivo, sino de pasada y para saber según el parecer de los lectores de qué manera los había de enfocar más adelante. (…) sigo, por otra parte, un camino tan poco trillado y tan apartado del uso común, que no me ha parecido oportuno aclarar mis puntos de vista en francés mediante un libro que pudiese ser leído por todos, con objeto de que las inteligencias mediocres no creyesen que ésta es la postura que debieran adoptar.3

Intercalaremos citas de ambas obras que se complementan y aclaran mutuamente las respectivas exposiciones oscuras para explicar la tesis principal de Descartes sobre la duda metódica.

Comienza Descartes afirmando que el buen sentido o la razón, es decir, la capacidad de juzgar correctamente, está presente de manera natural en todas las personas, por lo que

la diversidad de nuestras opiniones no procede de que unos sean más razonables que otros, sino solamente de que conducimos nuestros pensamientos por diversas vías y no consideramos las mismas cosas. Pues no basta con tener una mente buena, sino que lo principal es aplicarla bien4.

A continuación, expone que sus estudios de filosofía no habían dado el resultado apetecido

He sido criado en las letras desde mi infancia, y, como se me persuadió de que por su medio se podía adquirir un conocimiento claro y seguro de todo lo que es útil para la vida, tuve un deseo extremo de aprenderlas. Pero tan pronto como hube completado todo este curso de estudios, a cuyo término es costumbre ser recibido en el rango de los doctos, cambié enteramente de opinión. Pues me encontré cargado de tantas dudas y errores que me parecía que, tratando de instruirme, no había sacado otro provecho que el de haber descubierto cada vez más mi ignorancia. Y, sin embargo, estaba en una de las escuelas más célebres de Europa, en la que pensaba que debía haber hombres sabios, si es que los había en algún lugar de la tierra5.

No satisfecho con las respuestas de los antiguos, se dedicó a viajar y a conocer el mundo, asistiendo a cortes y enrolándose en ejércitos, pero

Es verdad que mientras no hacía otra cosa que considerar las costumbres de los demás hombres, apenas encontraba algo que me diera seguridad, y que observaba en ellas casi tanta diversidad como la que antes había advertido entre las opiniones de los filósofos.6

Decepcionado después de años de recorrer el mundo sin respuestas

tomé un día la resolución de estudiar también en mí mismo y de emplear todas las fuerzas de mi ingenio en elegir los caminos que debía seguir. Lo cual me resultó mucho mejor, me parece, que si jamás me hubiese alejado de mi país ni de mis libros7.

A lo primero que recurre Descartes es a aquella lógica que había aprendido en su época escolar, pero encuentra que no sirve para encontrar verdades porque es un mecanismo que parte de verdades para construir argumentos. Por eso afirma que

en la lógica, sus silogismos y la mayor parte del resto de sus instrucciones sirven más para explicar a otros las cosas que se saben, o incluso, (...), para hablar, sin juicio, de las que se ignoran, que para aprenderlas. Y aunque contiene, en efecto, muchos preceptos muy verdaderos y muy buenos, hay, no obstante, tantos otros mezclados con ellos, los cuales son o perjudiciales o superfluos, que separar unos de otros es casi tan dificultoso como sacar una Diana o una Minerva de un bloque de mármol en el que aún no hay nada esbozado8.

Tampoco sirven a Descartes el análisis de los antiguos y al álgebra de los modernos, que se extienden solo a materias muy abstractas y no parecen de utilidad porque el primero está restringido a la consideración de las figuras, y en el segundo, nos hemos sometido hasta tal punto a ciertas reglas y a ciertas cifras, que se ha hecho de él un arte confuso y oscuro, que embrolla el ingenio, y no una ciencia que lo cultiva. Pero no descarta del todo las reglas de la lógica, de las cuales extrae cuatro principios que se compromete a no dejar de observarlos ni una sola vez9, que son el esbozo del método analítico o cartesiano:

El primero era no tomar jamás cosa alguna por verdadera, a no ser que conociese de manera evidente que era tal; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención, y no incluir en mis juicios nada más que lo que se presentase tan clara y tan distintamente a mi razón que no tuviese motivo alguno para ponerlo en duda.

El segundo, dividir cada una de las dificultades que yo examinase en tantas parcelas como se pudiera y como fuera exigido para resolverlas mejor.

El tercero, conducir por orden mis pensamientos, comenzando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para remontarme a poco, como por grados, hasta el conocimiento de los más compuestos; y suponiendo incluso un orden entre aquellos que no se preceden naturalmente unos a otros.

Y el último, hacer en todo enumeraciones tan enteras, y revisiones tan generales, que estuviese yo seguro de no omitir nada10.

Para encontrar el camino de la verdad, Descartes necesita asegurarse de que lo que conoce es verdadero y para ello se propone poner en duda todo y buscar la fórmula que le permita comprobar la verdad de las cosas. No en el Discurso del método sino en las Meditaciones metafísicas, presenta la hipótesis del genio maligno que le engaña y le hace percibir una realidad falsa:

Supondré, pues, que no un Dios óptimo, fuente de la verdad, sino algún genio maligno de extremado poder e inteligencia pone todo su empeño en hacerme errar; creeré que el cielo, el aire, la tierra los colores, las figuras, los sonidos y todo lo externo no son más que engaños de sueños con los que ha puesto una celada a mi credulidad (...)11

En el Discurso del método introduce la duda metódica al considerar que los sentidos pueden estar engañándole:

puesto que entonces deseaba vacar solamente a la investigación de la verdad, pensé que era menester (...) que rechazase, como absolutamente falso, todo aquello en lo que pudiera imaginar la menor duda, para ver si, después, quedaría algo en mi creencia que fuese enteramente indudable. Así, a causa de que nuestros sentidos nos engañan a veces, quise suponer que no había cosa alguna que fuese tal como ellos nos la hacen imaginar.12

Pero si lo somete todo a duda, descubre que aunque todo lo demás no se considere verdadero, hay algo que es indiscutiblemente cierto, que hay un sujeto que está dudando: no puede haber duda si alguien no duda:

Mas, inmediatamente después, advertí que, mientras quería pensar así que todo era falso, era preciso, necesariamente, que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa. Y al observar que esta verdad: yo pienso, luego yo soy era tan firme y segura que las más extravagantes suposiciones de los escépticos no eran capaces de quebrantarla, juzgué que podía aceptarla, sin escrúpulo alguno, como el primer principio de la filosofía que buscaba13.

El primer principio de la filosofía es entonces el conocido como cogito, ergo sum, que no fue enunciado así por Descartes sino como je pense, donc je suis, puesto que escribió su obra en francés y la versión latina procede de la traducción de Etienne de Courcelles (1586-1659). Para continuar con su búsqueda de la verdad, Descartes se plantea qué tiene que tener una proposición para ser cierta y verdadera, como la que ha encontrado que le permite afirmar su existencia como yo pensante, puesto que para pensar es necesario ser. Y da otro paso más afirmando que

juzgué que podía tomar por regla general que todas las cosas que concebimos muy clara y muy distintamente son verdaderas (...)14

Descartes considera que las demostraciones matemáticas y proposiciones como lo que ha sucedido no puede no haber sucedido, es imposible que un objeto sea y no sea al mismo tiempo, o de la nada, nada viene, son necesariamente ciertas. Aún así, no cabe descartar que procedan del engaño del genio maligno, y hay que encontrar una idea que permita aceptar como verdad indudable algo que exista fuera del pensamiento. Y para Descartes, es la idea de Dios, porque la omnipotencia y la infinitud no existen en nosotros, y como toda idea debe poseer una causa que tenga tanta realidad como la idea que es su efecto. Dice en las Meditaciones metafísicas que

no existiría la idea de substancia infinita, siendo yo finito, si no procediese de una substancia infinita en realidad15.

Demostrada la existencia de Dios, dice Descartes, no puede suceder que Dios engañe porque presupone malicia o necedad, y esto no está en Dios. Por lo que lo que es juzgado identificándolo como claro y distinto es como aparece, porque

experimento que hay en mí una cierta facultad de juzgar, que he recibido ciertamente de Dios, como todas las demás cosas que hay en mí; y puesto que Aquél no quiere que yo me equivoque, no me ha dado evidentemente una facultad tal que me pueda equivocar jamás mientras haga uso de ella con rectitud.16

La gran aportación de Descartes no son sus conclusiones, que fueron objeto de dura crítica incluso por sus contemporáneos, sino por haber inaugurado una nueva forma de pensar, que abandona el criterio de autoridad imperante hasta entonces y comienza desde cero a preguntarse por la verdad desde una perspectiva estrictamente crítica. Sin que ello supusiera, al menos en su persona, una ruptura con la tradición cristiana, porque al dar con la clave que resolvía sus preguntas fue en peregrinación al santuario de Loreto.

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1 Editorial Trotta, SA. Madrid 2018.

2 Ediciones Orbis, SA. Barcelona 1985.

3 id., pág. 23.

4 Discurso..., op. cit., pág. 28.

5 id., pág. 32.

6 id., pág. 42.

7 id., págs. 42-43.

8 id., pág. 56.

9 id., pág. 57.

10 id., págs. 58-59.

11 Meditaciones..., op.cit., Meditación primera, pág. 34.

12 Discurso..., op. cit., pág. 83.

13 id., pág. 84.

14 id., pág. 85.

15 Meditaciones..., op.cit., Meditación tercera, pág. 49.

16 id., Meditación cuarta, pág. 55.

11/02/2024

El método inductivo de Francis Bacon. La teoria de los idola.

Muchos consideran a Francis Bacon (1561-1626) como el iniciador de la filosofía moderna, especialmente por su crítica a las entonces tesis dominantes de Aristóteles. Solo tiene de común el nombre con el pintor expresionista irlandés Francis Bacon (1909-1992).

Hijo de una familia de la aristocracia funcionarial, hizo una rápida carrera en la administración y en la Corte inglesa, ocupando entre otros los cargos de Solicitador general y de Procurador general de la Corona hasta alcanzar la dignidad de lord Gran Canciller, desde los que toleró y encubrió los abusos del rey Jacobo I, lo que le valió una condena por corrupción con pena de prisión en la torre de Londres, una multa económica y una inhabilitación para desempeñar cargos en el Estado. Penas que no cumplió porque el rey no lo dejó a su suerte sino que lo puso en libertad a los dos días de encierro, le condonó la multa y más adelante le indultó para que pudiera participar de nuevo en la vida pública.

Su obra más destacada, Novum Organon, se escribe en oposición al Organon aristotélico, como sugiere el mismo título. Como ya vimos en un post anterior, Aristóteles fundamenta su teoría del conocimiento en el método deductivo, es decir, un razonamiento que pasa de lo general a lo particular y que utiliza como herramienta el silogismo. Para Bacon, el método deductivo es meramente especulativo y no sirve de fundamento a las ciencias. Mediante aforismos1, afirma que

11. De la propia suerte que las ciencias en su estado actual no pueden servir para el progreso de la industria, la lógica que hoy tenemos no puede servir para el adelanto de la ciencia.

12. La lógica en uso es más propia para conservar y perpetuar los errores que se dan en las nociones vulgares que para descubrirla verdad; de modo que es más perjudicial que útil.

13. No se pide al silogismo los principios de la ciencia; en vano se le pide las leyes intermedias, porque es incapaz de abarcar la naturaleza en su sutilidad; liga el espíritu, pero no las cosas.

Bacon propone obtener conclusiones que sean universalmente válidas a partir de la observación de la naturaleza y de los hechos concretos, mediante el método inductivo, en que el conocimiento se alcanza pasando de lo particular a lo universal2:

19. Ni hay ni pueden haber más que dos vías para la investigación y descubrimiento de la verdad: una que, partiendo de la experiencia y de los hechos, se remonta en seguida a los principios más generales, y en virtud de esos principios que adquieren una autoridad incontestable, juzga y establece las leyes secundarias (cuya vía es la que ahora se sigue), y otra, que de la experiencia y de los hechos deduce las leyes, elevándose progresivamente y sin sacudidas hasta los principios más generales que alcanza en último término. Ésta es la verdadera vía; pero jamás se la ha puesto en práctica.

La inducción consiste en formular hipótesis que se han de verificar mediante observaciones y experimentos. Pero resulta imprescindible identificar los errores que dificultan la aplicación del método inductivo, a los que denomina idola, ídolos3:

38. Los ídolos y las nociones falsas que han invadido ya la humana inteligencia, echando en ella hondas raíces, ocupan la inteligencia de tal suerte, que la verdad sólo puede encontrar a ella difícil acceso; y no sólo esto: sino que, obtenido el acceso, esas falsas nociones, concurrirán a la restauración de las ciencias, y suscitarán a dicha obra obstáculos mil, a menos que, prevenidos los hombres, se pongan en guardia contra ellos, en los límites de lo posible.

39. Hay cuatro especies de ídolos que llenan el espíritu humano. Para hacernos inteligibles, los designamos con los siguientes nombres: la primera especie de ídolos, es la de los de la tribu; la segunda, los ídolos de la caverna; la tercera, los ídolos del foro; la cuarta, los ídolos del teatro.

Los ídolos de la tribu son los errores que comete la especie humana por suponer que en la naturaleza hay más orden y regularidad que los que realmente existen4:

    41.Los ídolos de la tribu tienen su fundamento en la misma naturaleza del hombre, y en la tribu o el género humano. Se afirma erróneamente que el sentido humano es la medida de las cosas; muy al contrario, todas las percepciones, tanto de los sentidos como del espíritu, tienen más relación con nosotros que con la naturaleza. El entendimiento humano es con respecto a las cosas, corto un espejo infiel, que, recibiendo sus rayos, mezcla su propia naturaleza a la de ellos, y de esta suerte los desvía, y corrompe.

Los ídolos de la caverna son los prejuicios que tiene cada individuo por su peculiar idiosincrasia5:

    42. Los ídolos de la caverna tienen su fundamento en la naturaleza individual de cada uno; pues todo hombre independientemente de los errores comunes a todo el género humano, lleva en sí cierta caverna en que la luz de la naturaleza se quiebra y es corrompida, sea a causa de disposiciones naturales particulares de cada uno, sea en virtud de la educación y del comercio con los otros hombres, sea a consecuencia de las lecturas y de la autoridad de aquellos a quienes cada uno reverencia y admira, ya sea en razón de la diferencia de las impresiones, según que hieran un espíritu prevenido y agitado, o un espíritu apacible y tranquilo y en otras circunstancias; de suerte que el espíritu humano, tal como está dispuesto en cada uno de los hombres, es cosa en extremo variable, llena de agitaciones y casi gobernada por el azar. De ahí esta frase tan exacta de Heráclito, que los hombres buscan la ciencia en sus particulares y pequeñas esferas, y no en la gran esfera universal.

Los ídolos del foro son los errores que surgen del trato de unos hombres con otros, y consisten sobre todo en el mal uso del lenguaje por la utilización de términos de uso común con significados erróneos6:

    43. Existen también ídolos que provienen de la reunión y de la sociedad de los nombres a los que designamos con el nombre de ídolos del foro, para significar el comercio y la comunidad de los hombres de que tienen origen. Los hombres se comunican entre sí por el lenguaje; pero el sentido de las palabras se regula por el concepto del vulgo. He aquí porqué la inteligencia, a la que deplorablemente se impone una lengua mal constituida, se siente importunada de extraña manera. Las definiciones y explicaciones de que los sabios acostumbran proveerse y armarse anticipadamente en muchos asuntos, no les libertan por ello de esta tiranía. Pero las palabras hacen violencia al espíritu y lo turban todo, y los hombres se ven lanzados por las palabras a controversias e imaginaciones innumerables y vanas.

Por último, los ídolos del teatro son errores procedentes de la aceptación sin crítica de opiniones supuestamente autorizadas7:

    44. Hay, finalmente, ídolos introducidos en el espíritu por los diversos sistemas de los filósofos y los malos métodos de demostración; llamárnosles ídolos del teatro, porque cuantas filosofías hay hasta la fecha inventadas y acreditadas, son, según nosotros, otras tantas piezas creadas y representadas cada una de las cuales contiene un mundo imaginario y teatral. No hablamos sólo de los sistemas actualmente extendidos, y de las antiguas sectas de filosofía; pues se puede imaginar y componer muchas otras piezas de ese género, y errores completamente diferentes tienen causas casi semejantes. Tampoco queremos hablar aquí sólo de los sistemas de filosofía universal, sí que también de los principios y de los axiomas' de las diversas ciencias, a los que la tradición, una fe ciega y la irreflexión, han dado toda la autoridad.

En el libro segundo del Novum Organon, Bacon establece las claves para aplicar una inducción legítima y verdadera, que es en sí misma la clave de la interpretación, y para ello establece tres tablas. La primera, la tabla de presencia, sirve para identificar los supuestos en que aparece aquello que se desea estudiar, a lo que se llega buscando los casos más diversos que permitan aislar el aspecto que interesa8:

    11. Se procede así a la investigación de las formas: sobre la propiedad dada, es preciso ante todo hacer comparecer ante la inteligencia todos los, hechos conocidos que ofrecen aquella misma propiedad, aunque en materias muy diferentes. Es preciso hacer esa recolección a la manera del historiador, sin teoría preconcebida y sin demasiada sutilidad.

La segunda es la tabla de ausencia, en la que se identifican los supuestos similares a los anteriores pero en los que no está presente aquello que se desea estudiar9:

    12. En segundo lugar es preciso hacer comparecer ante la inteligencia todos los hechos en los que no se encuentra la propiedad dada, pues como hemos dicho, la ausencia de la propiedad dada implica la ausencia de la forma, lo mismo que la presencia de la una, implica la presencia de la otra. Pero citar todos estos hechos, sería empresa interminable.

    Por esto es preciso poner los hechos negativos, al lado de los afirmativos, e investigar la privación de la propiedad, sólo en los sujetos que más relación tienen con aquellos en los que la propiedad existe o aparece. Esto es lo que nosotros llamamos tabla de desaparición o de ausencia en los análogos.

Y la tercera es la tabla de grados, en la que se recoge la relación entre el aumento y disminución del fenómeno estudiado en los diferentes sujetos10:

    13. En tercer lugar es preciso hacer comparecer ante la inteligencia los hechos que presentan la propiedad estudiada, en grados diferentes, ya sea comparando el aumento y la disminución de la propiedad en el mismo sujeto, ya comparando la misma propiedad en sujetos diferentes. Puesto que, en efecto, la forma de una cosa es en realidad la cosa misma, y no difiere de ella sino como el ser difiere de la apariencia, el interior del exterior; dedúcese necesariamente, que nada debe admitirse por verdadera forma que no crezca y disminuya sin cesar, cuando aquello de que es forma crece y decrece.

Bacon dedica un número ingente de páginas a aplicar este método indagando la forma del calor. Resume así la operación11:

    15. El servicio y obra de estas tres tablas es lo que nosotros tenemos costumbre de llamar la comparecencia de los hechos ante la inteligencia. Lograda esta comparecencia, se debe trabajador la inducción. Es preciso encontrar en la comparecencia de todos y cada uno de los experimentos una propiedad tal, que esté en todas partes presente o ausente, que aumente o disminuya con la propiedad dada, y que sea, como más arriba hemos dicho, la limitación de una naturaleza más general.

El mecanismo inductivo de Bacon supone un gran avance científico porque abre nuevos caminos al lado de los tradicionales y es un punto de partida que será desarrollado por los autores posteriores.

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1 Novum Organon, p. 28. Ediciones Orbis. Barcelona 1984.

2 id., p. 29.

3 id., p. 31.

4 id., p. 32

5 id.

6 id.

7 id.

8 id., p. 90.

9 id., p. 91.

10 id., p. 99.

11 id., p. 106.

Derrida. La deconstrucción de los conceptos tradicionales. La crítica de la idea de verdad como presencia.

  Jacques Derrida (1930-2004) nació en El Biar, Argelia, durante la colonización francesa en una familia judía sefardí y, por tanto, pied-n...