Bertrand
Russell (1872-1970), nació en Trellech, Gales, en una familia
aristocrática.
Nieto de un primer ministro durante el reinado de la
reina Victoria, fue el tercer conde de Russell, aunque siempre
sostuvo posturas izquierdistas. Quedó huérfano con tres años a
consecuencia de una epidemia de difteria que afectó a su familia y
fue criado por su abuela.
Estudió matemáticas y filosofía en el
Trinity College de Cambridge, y muy tempranamente (1901) planteó la
llamada paradoja
de Russell,
que demuestra que la teoría de conjuntos, desarrollada originalmente
por Georg Cantor y Gottlob Frege, es contradictoria, y obligó a
replantear las bases de las matemáticas modernas. En su versión
simple se explica como la paradoja
del barbero,
que parte del establecimiento de la siguiente norma: el barbero afeita
a todos y solo a aquellos habitantes que no se afeitan a sí mismos.
¿Que pasa con el barbero? Si se afeita rompe la regla porque solo
puede afeitar a los que no se afeitan a sí mismos, y si no se afeita
se tiene que afeitar a sí mismo en cumplimiento de la regla.
Fue
profesor de filosofía en el Trinity College, y publicó entre 1910 y
1913 los tres volúmenes de la obra coescrita con Alfred North
Whitehead Principia
Mathematica.
En 1916 fue expulsado de la universidad por publicar un panfleto en
defensa de la objeción de conciencia en la Primera Guerra Mundial, y
en 1918 fue encarcelado durante seis meses por manifestarse
públicamente contra la participación británica en la guerra.
En la prisión escribió su Introducción
a la filosofía matemática.
En 1920 viajó a Rusia con una legación del Partido Laborista donde
se entrevistó con Lenin y con Trotsky, y aunque inicialmente tenía
simpatías con la revolución bolchevique, quedó decepcionado con el
sistema soviético porque se basaba en el dogmatismo, el terror, el
fanatismo y la anulación de la libertad individual, como poco
después explicó en su obra Viaje
a la revolución.
Junto
con Einstein creó en 1935 el Movimiento
Pugwash
para oponerse a los peligros de la guerra atómica y la política de
bloques.
En
1938 fue profesor de filosofía en Chicago y al año siguiente en Los
Ángeles. En 1940 la Corte Suprema de Nueva York le prohibió dar
clases por consirerarlo moralmente inadecuado por sus opiniones sobre
el matrimonio y el sexo.
Fue
activista pacifista a favor del desarme nuclear, de los derechos
humanos y de los derechos de las mujeres.
En
1950 fue galardonado con el Premio Nobel de literatura
en reconocimiento a sus variados y significativos escritos en los que
defiende los ideales humanitarios y la libertad de pensamiento.
Por
una protesta antinuclear fue condenado a dos meses de prisión en
1961, cuando tenía 87 años, de los que cumplió una semana en
atención a su avanzada edad. En 1966 creó con Jean Paul Sartre y
Alejo Carpentier el Tribunal Russell para investigar las actividades
bélicas de los Estados Unidos y sus aliados en Vietnam, que tuvo una
segunda edición en 1974 (Tribunal Russell II) para investigar
torturas por los gobiernos dictatoriales en sudamérica, y sucesivas
ediciones.
La
teoría de la verdad de Russell está expuesta en una de sus primeras
obras, Los
problemas de la filosofía
(1912).
En El
conocimiento humano: su alcance y sus límites
(1948) Russell se pregunta qué podemos conocer con certeza y y
cuáles son los límites del conocimiento humano.
Los
problemas de la filosofía
es una introducción a la metafísica y a la epistemología que
comienza con la pregunta
¿Existe
algún conocimiento en el mundo que pueda ser tan cierto que ningún
hombre razonable pueda dudar de él?
Porque
en la vida diaria aceptamos como ciertas muchas cosas que, después
de un análisis más riguroso, nos aparecen tan llenas de evidentes
contradicciones, que sólo un gran esfuerzo de pensamiento nos
permite saber lo que realmente nos es lícito creer.
Russell pone
como ejemplo la visión de algo tan cotidiano como una mesa: si
varias personas, en el mismo momento, contemplan la mesa no habrá
dos que vean exactamente la misma distribución de colores, puesto
que no puede haber dos que la observen desde el mismo punto de vista,
y todo cambio de punto de vista lleva consigo un cambio en el modo de
reflejarse la luz. Incluso desde un punto de vista dado, el color
parecerá diferente, con luz artificial, o para un ciego para el
color, o para quien lleve lentes azules, mientras que en la oscuridad
no habrá en absoluto color, aunque para el tacto y para el oído no
haya cambiado la mesa. Similares argumentos utiliza para demostrar
que lo percibido por el oído y el tacto no nos proporcionan
información sobre la realidad de la mesa.
El
ejemplo le sirve a Russell para exponer la distinción entre
apariencia
y realidad,
entre lo que las cosas parecen ser y lo que en realidad son.
Conocemos
directamente apariencias, debemos investigar si existe una realidad
detrás de ellas.
Entonces
se nos hace evidente que la mesa real, si hay alguna, no es la misma
a la que nosotros de forma inmediata experimentamos ya sea por la
vista, o por el tacto, o por el oído. La mesa real, si hay alguna,
no es inmediatamente conocida por nosotros. De lo an-terior surgen
simultáneamente dos preguntas muy complejas, a saber: (1) ¿Existe
realmente una mesa? (2) Si es así, ¿qué clase de objeto podrá
ser?
Russell
sugiere denominar objeto
físico a
la mesa real, si
es que existe.
Por tanto, hemos de considerar la relación de los datos de los
sentidos con los objetos físicos. El conjunto de todos los objetos
físicos se denomina materia.
Esto le permite replantear los dos problemas apuntados del
siguiente modo: 1º¿Hay algo que se pueda considerar como materia?
2º En caso afirmativo ¿cuál es su naturaleza? Para responder a las
preguntas, Russell cita a los clásicos diciendo que Berkeley y
Leibniz admiten que hay una mesa real, pero Berkeley dice que
consiste en ciertas ideas en el espíritu de Dios, y Leibniz afirma
que es una colonia de almas. En cualquier caso, recapitulando, dice
Russell que
si
tomamos cualquier objeto común del tipo que supuestamente puede ser
conocido por nuestros sentidos, lo que éstos inmediata-mente nos
informan no es la verdad sobre el objeto que está aparte de
nosotros, pero sólo la verdad sobre ciertas informaciones
sensoriales que, lo máximo que podemos llegar a percibir, depende
de como estemos relacionados con el objeto. Pero lo que directamente
vemos y sentimos es tan sólo “apariencia”, nosotros creemos que
esta apariencia es un signo de cierta “realidad” que hay detrás.
Pero si la realidad no es lo que aparenta, ¿tendremos algún recurso
para conocer esta realidad?
Russell
se pregunta también si tenemos algún medio para descubrir en qué
consiste la realidad, y reconoce que tales preguntas son
desconcertantes, y es difícil saber si no son ciertas aun las más
raras hipótesis.
Mas
nuestra mesa común, que ha salido de nuestros más nimios
pensamientos antes de ahora, se ha convertido en un problema lleno de
sorprendentes posibilidades. Lo único que sabemos sobre ella es que
no es lo que parece ser. Más allá de este modesto resultado, hasta
ahora, tenemos la más completa libertad de conjeturar lo que sea.
Leibniz nos ha dicho que nuestra mesa es una comunidad de almas;
Berkeley, que es una idea en la mente de Dios; la sobria ciencia,
ligeramente menos imaginativa, nos dice que es una vasta colección
de cargas eléctricas en violento movimiento.
Entre
todas estas sorprendentes posibilidades, la duda nos sugiere que tal
vez esta mesa no exista del todo. La filosofía, si no puede
responder a todas las preguntas que nosotros deseáramos, tiene al
menos el poder de hacer las preguntas que incrementan nuestro interés
por el mundo, y que así muestran lo extraño y lo maravilloso que
está justo debajo de la superficie de inclusive las cosas más
comunes de nuestra vida cotidiana.
Russell
se pregunta si el mundo exterior existe independientemente de nuestra
mente, o si los objetos físicos (como una mesa o un gato) solo son
conjuntos de percepciones. Russell sostiene que debemos suponer algo
más allá de nuestras percepciones individuales, que hay un objeto
físico que cause esas experiencias. Volviendo al ejemplo de la mesa,
dice que no puede ser simplemente una colección de sensaciones
porque
Cuando
hemos enumerado toda la información sensorial que naturalmente
consideremos como per-tinente a la mesa, ¿hemos dicho todo lo que se
pueda decir sobre la mesa, o hay algo más – algo que no sea una
información sensorial, algo que persista cuando nosotros salimos de
la habitación? El sentido común, sin duda, responde que sí lo hay.
Lo que puede ser compra-do, vendido y empujado, y tener un mantel
encima de él y demás no puede ser simplemente una colección de
informaciones sensoriales. Si el mantel esconde completamente a la
mesa y, por lo tanto, si la mesa es tan sólo informaciones
sensoriales, entonces ésta habría dejado de existir y el mantel
estaría suspendido en el aire, descansando por medio de un milagro
en el mismo lugar en donde se encontraba la mesa. Esto parece
simplemente absurdo; pero cualquiera que desee convertirse en
filósofo debe aprender a perderle el miedo al absurdo.
Russell
advierte que no podemos demostrar la existencia del mundo exterior
usando el testimonio de otras personas, porque también conocemos a
esas personas mediante nuestros datos sensibles.
Las
otras personas me son presentadas por ciertas informaciones
sensoriales, y entonces yo no debo tener razón alguna para creer que
otras personas existen excepto como parte de mi sueño. Luego, cuando
intentamos demostrar que debe haber objetos independientes de mis
informaciones sensoriales, no podemos apelar al testimonio de otras
personas, ya que este testimonio en sí consiste de informaciones
sensoriales, y no re-vela experiencias de otras personas a menos que
nuestras informaciones sensoriales sean un signo de que las cosas
existen independientemente de nosotros.
De
ahí que nos sea preciso, si es posible, hallar en nuestras
experiencias puramente privadas, características que muestren, o
tiendan a mostrar, que hay en el mundo cosas distintas de nosotros
mismos y de nuestras experiencias privadas. En cierto modo, debe
admitirse, nos dice Russell, que no podremos jamás demostrar la
existencia de cosas distintas de nosotros mismos y de nuestras
experiencias. No resulta ningún absurdo de la hipótesis de que el
mundo consiste en mí mismo, en mis pensamientos, sentimientos y
sensaciones, y que todo lo demás es pura imaginación.
No
existe impedimento lógico en la suposición de que la vida en su
totalidad sea un sueño en el que creamos todos los objetos que se
nos presentan.
Aunque
esto no es lógicamente imposible, no hay alguna razón para suponer
que es verdadera; y, de hecho, hay una hipótesis mucho más simple
que ésta; si tomamos en cuenta los hechos de nuestra propia vida, la
hipótesis del sentido común afirma que hay realmente objetos
independientes a nuestro ser, y cuya acción en nosotros causa
nuestras sensaciones.
Russell
utiliza la simplicidad como argumento a favor del mundo exterior: la
hipótesis de objetos independientes explica mejor nuestra
experiencia. Y lo muestra con el ejemplo del gato, que aparece en un
determinado momento en un lugar de la habitación y en otro momento
en otro lugar. Visto eso, es natural suponer que se ha movido de un
lugar a otro, pasando por una serie de posiciones intermedias. Pero
si es un mero agregado de datos de los sentidos, no puede haber
estado en lugar alguno cuando yo no lo miraba; así, tendremos que
suponer que no existía durante el tiempo en que no lo miraba, sino
que surge súbitamente en otro lugar. Tampoco podemos comprender por
nuestra propia experiencia cómo se le despierta el hambre, entre una
comida y la siguiente; pero si no existe cuando no lo miro, parece
raro que el apetito aumente durante su no existencia lo mismo que
durante su existencia.
Y
si el gato consiste únicamente de las informaciones sensoriales, no
puede estar hambriento, porque nada más la propia hambre puede ser
una información sensorial para mí. De esta forma el comporta-miento
de las informaciones sensoriales que me representan al gato, aunque
parezca muy natural atribuirle la expresión del hambre, se hace
completamente inexplicable cuando se le atribuye a simples
movimientos y cambios de color que son incapaces de tener hambre,
como lo es un triángulo de jugar futbol.
Russell
reconoce que no ha llegado a sustentar nuestra creencia en un mundo
externo e independiente a través de la demostración, pero hemos
encontrado esta creencia en nuestro propio ser tan pronto empezamos a
reflexionar sobre ello: es lo que podríamos llamar una creencia
instintiva, porque la filosofía no elimina toda duda, pero
organiza nuestras creencias y examina cuáles son más razonables.
La
filosofía debe mostrarnos la jerarquía de nuestras creencias
instintivas, empezan-do por las que nosotros sostenemos más
firmemente, y presentando cada una de ellas de forma tan aislada y
libre de adiciones irrelevantes como sea posible. Debe tener cuidado
de mostrar que, en la forma en que finalmente deberán ser
jerarquizadas, nuestras creencias instintivas
no entren en conflicto, sino que formen un sistema armonioso. No
puede haber alguna razón que niegue una creencia instintiva excepto
cuando ésta esté en conflicto con otra; mas, cuando se encuentra
que es armoniosa, todo el sistema se hace merecedor de ser aceptado.
Aunque
no podemos demostrar con certeza absoluta que existe un mundo
exterior independiente de nuestra mente, la hipótesis de objetos
físicos reales es la explicación más simple, coherente y racional
de nuestra experiencia.
Más
adelante,
Russell explica los conceptos de verdad y de falsedad. Comienza su
exposición distinguiendo entre el conocimiento
directo
y el conocimiento
de verdades.
El conocimiento directo se refiere a aquello que conocemos por
experiencia inmediata; en este ámbito no existe realmente el error,
porque simplemente conocemos algo o no lo conocemos. En cambio,
cuando hablamos de verdades, aparece la posibilidad del engaño:
podemos creer algo verdadero o algo falso.
Sabemos
que sobre muchas materias distintas personas mantienen diferentes e
incompatibles opiniones: por lo tanto, algunas creencias deben ser
erróneas. Ya que las creencias erróneas son a menudo defen-didas
tan firmemente como las verdaderas, se convierte en una pregunta
difícil de contestar el cómo pueden ser las creencias erróneas
distinguidas de las creencias verdaderas. ¿Cómo podemos saber, en
un caso dado, que nuestra creencia no es errónea?
Sin
embargo, antes de investigar cómo sabemos si algo es verdadero,
Russell considera necesario responder una pregunta más básica: qué
significa que algo sea verdadero o falso. Al intentar descubrir la
naturaleza de la verdad, Russell considera que toda teoría que lo
acometa ha de satisfacer tres requisitos:
1º
Nuestra teoría de la verdad debe ser tal que admita su opuesto, la
falsedad. Russell sostiene que una teoría adecuada de la verdad debe
admitir necesariamente la falsedad. Algunas teorías filosóficas
intentaron explicar el pensamiento suponiendo que todo pensamiento
debía ser verdadero, pero esto genera problemas porque no pueden
explicar los errores. La verdad solo tiene sentido si existe la
posibilidad de equivocarse.
2º
Parece evidente que si no hubiera creencias no podría haber
falsedad, ni verdad, en el sentido en que la verdad es correlativa de
la falsedad. Russell explica que si no existieran creencias ni
afirmaciones, tampoco existirían verdades o falsedades en el sentido
filosófico.
Por
ejemplo, un mundo compuesto únicamente por materia podría contener
hechos, pero no tendría verdades ni falsedades porque no habría
seres capaces de formular juicios sobre esos hechos. Por eso, la
verdad no es una propiedad de los objetos por sí mismos, sino de las
relaciones entre nuestras creencias y la realidad.
De
hecho, la verdad y la falsedad son propiedades de las creencias y de
los enunciados: por eso un mundo formado sólo de materia, como no
con-tendría creencias ni enunciados, tampoco contendría verdades o
falsedades.
3º
La verdad o la falsedad de la creencia dependen siempre de algo que
es exterior a la creencia misma. Aunque la verdad pertenece a las
creencias, Russell aclara que no depende de la mente que cree. Una
persona puede creer algo con mucha seguridad y aun así estar
equivocada.
Si
creo que Carlos I murió en el cadalso, creo con verdad, que puede
ser descubierta por medio del examen de la creencia, porque esto
ocurrió en un evento histórico dos siglos y medio atrás. Si en
cambio creo que Carlos I murió en su cama, creo con falsedad: ningún
grado de intensidad en mi creencia, o de cuidado en llegar a ella, la
previene de ser falsa, de nuevo por los hechos que pasaron hace ya
mucho tiempo, y no en cambio por una propiedad intrínseca de mi
creencia.
La
diferencia, está claro, no se encuentra en la fuerza de la creencia,
sino en los hechos históricos. De lo que Russell concluye que aunque
la verdad y la falsedad sean propiedades de las creencias, son
propiedades que dependen de la relación de las tras cosas, no de
ciertas cualidades internas de las creencias como creencias.
El
tercero de los requisitos aconseja a Russell considerar
que
la verdad consiste en alguna forma de correlación entre la creencia
y el hecho.
Pero
es difícil descubrir una forma de correlación sobre la que no haya
objeciones irrefutables, lo que lleva a Russell a analizar la llamada
teoría de la coherencia, que sostiene que la verdad consiste en que
una creencia sea coherente con el conjunto de nuestras demás
creencias, de modo que una creencia sería verdadera si encaja
perfectaente dentro de un sistema completo de ideas.
Russell
rechaza esta propuesta porque puede haber varios sistemas coherentes
que sean incompatibles entre sí. Por ejemplo, alguien podría
construir una explicación del mundo completamente coherente, pero
que no corresponda con la realidad. Lo que le lleva a decir que
La
coherencia como definición de la verdad fracasa, porque no hay
prueba alguna que establezca que sólo puede haber un sistema
coherente.
Además,
la coherencia depende de principios lógicos que ya presuponen la
verdad, por lo que no puede ser la definición fundamental de verdad,
lo que lleva de nuevo a Russell a la idea anterior de la correlación
con el hecho como
constituyente de la naturaleza de la verdad.
Hay
que definir de un modo preciso lo que entendemos por hecho y cuál es
la naturaleza de la correspondencia que debe existir entre la
creencia y el hecho, para que la creencia sea verdadera. Aplicando
los tres requisitos apuntados anteriormente, la necesidad de admitir
la falsedad hace imposible considerar la creencia como la relación
del espíritu con un objeto singular, del cual se puede decir que es
lo que es creído. Si la creencia fuese esto, hallaríamos que, como
el conocimiento directo, no admitiría la oposición de lo verdadero
y lo falso, sino que sería siempre verdadera. Russell lo explica con
un ejemplo:
Otelo
cree falsamente que Desdémona ama a Casio. No se puede decir que
esta creencia consiste en una relación con un solo objeto,
“Desdémona ama a Casio”, porque si hubiera tal objeto, la
creencia sería entonces verdadera. No hay en verdad tal objeto, y
por eso Otelo no puede tener alguna relación con él. Por
consiguiente su creencia no puede consistir en una relación con este
objeto.
Una
creencia es verdadera cuando existe un hecho real que corresponde con
ella. No basta decir que Otelo tiene en su mente el objeto Desdémona
ama a Casio,
porque si ese objeto existiera ya sería verdadero. La falsedad
demuestra que la creencia no puede ser simplemente una relación con
un único objeto.
Lo
que se llama creencia o juicio no es otra cosa que esta relación de
la creencia o juicio, que relaciona una mente con varias cosas
diferentes a ella. El acto de creer o de juzgar es el suceso entre
ciertos términos en un momento dado de la relación de creer o
juzgar.
Cuando
se produce un acto de creencia, hay un complejo en el cual la
creencia
es la relación unitiva, y el sujeto y el objeto son colocados en un
cierto orden por el sentido
de la relación de creencia. Cuando
la creencia es verdadera,
hay otra unidad
compleja, en la cual la relación, que era uno de los objetos de la
creencia, enlaza los otros objetos. Así, por ejemplo, si Otelo cree
con
verdad que
Desdémona ama a Casio, hay una unidad compleja, el amor de Desdémona
a Casio, que se compone exclusivamente de los objetos
de
la creencia, en el mismo orden en que se hallaban en la creencia, y
la relación que era uno de los objetos se convierte ahora en cemento
que une entre sí los otros objetos de la creencia. Por otra parte,
cuando una creencia es falsa no hay tal unidad compleja, compuesta
sólo de los objetos de la creencia. Si Otelo cree falsamente
que
Desdémona ama a Casio, no hay una unidad compleja tal como el
amor de Desdémona a Casio.
De
este modo una creencia es verdadera cuando corresponde a un complejo
asociado, y falsa cuando no lo hace. Asumiendo, en nombre de la
precisión, que los objetos de la creencia son dos términos y una
relación, y sus términos ordenados por el “sentido” de la
creencia, luego los dos términos en ese orden son unidos por la
relación en un complejo, la creencia es verdadera; si no es así, es
falsa. Esto constituye la definición de la verdad y la falsedad que
hemos estado buscando. El juzgar o el creer es una unidad compleja en
donde la mente es uno de sus constituyentes; si los demás
constituyentes, tomados en el orden que presentan en la creencia,
forman una unidad compleja, entonces la creencia es verdadera; de lo
contrario, es falsa.
La
tesis central de Russell es que la verdad no depende de lo que una
persona piense o de cuánto confíe en una idea. La mente crea
creencias, pero no crea la verdad. En consecuencia, la verdad
es la correspondencia entre una creencia y un hecho real, y la
falsedad
ocurre cuando no existe esa correspondencia. La realidad externa es
lo que determina si una creencia es verdadera.
Esta
tesis ha sido objeto de críticas porque hablar de correspondencia
lleva implícito un referente a la verdad, por lo que la explicación
de Russell sería circular al usar la idea de verdad para explicar la
relación entre la proposición y la realidad.
En
síntesis, Russell defiende una teoría objetiva
de la verdad:
nuestras ideas son verdaderas no porque sean coherentes o porque las
creamos firmemente, sino porque reflejan correctamente cómo son las
cosas.
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